top of page

Ouça a meditação aqui.
La esperanza de la Cuaresma: reconstruyamos nuestro cálizÍñigo María de Oyarzábal Gutiérrez-Barquín
00:00 / 07:05
Queridos padrinos y madrinas,
Con el corazón lleno de gratitud por vuestra presencia constante en la vida espiritual y material de los ahijados, vengo a compartir esta meditación para la primera semana de Cuaresma. Un poderoso llamado a la conversión.
Cada uno de nosotros recibió, en el Bautismo, un cáliz de valor infinito: el alma misma, purificada con la Sangre de Cristo, destinada a ser morada del Espíritu Santo y vaso de gracia. Ese cáliz es más precioso que cualquier joya terrena, pues contiene la vida divina.
Pero la realidad es dura: ¿cuántas veces, en un momento de pasión, en una hora de fuerte tentación, en una noche de desorden o incluso en un descuido prolongado, dejamos caer ese cáliz? Que se destroza en el suelo duro del pecado: la gracia se pierde, el Espíritu Santo se retira y el alma queda fragmentada, manchada, herida por la concupiscencia, la vanidad, la impureza o la indiferencia.
Se cuenta de San Eusebio que, siendo aún diácono, mientras llevaba al altar un cáliz preciosísimo, tropezó y lo dejó caer. El cáliz se hizo pedazos. Y el santo aterrado, miraba los rubíes astillados, los esmaltes en fragmentos y la copa dividida en dos en el suelo. Luego, olvidando que detrás de sus espaldas la iglesia estaba llena de gente, llorando amargamente recogió los fragmentos y los depositó sobre la mesa del altar. Y he aquí que, milagrosamente, todos los pedazos se unieron y se soldaron perfectamente, reconstruyendo el cáliz precioso, entero e intacto.
Este milagro es nuestra esperanza. El diácono, en lugar de ocultar la vergüenza o huir, lloró amargamente, recogió cada pedazo con dolor y los depositó en el altar. Y Dios, viendo aquella humildad contrita, rehízo el cáliz.
Así actúa el Señor con nosotros en la Confesión. No importa cuántos pedazos hayamos esparcido, ni cuán feos parezcan: si nos acercamos al sacramento del perdón con verdadero arrepentimiento, con firme propósito de cambio y con confianza en la misericordia divina, Jesús realiza el mismo prodigio. Reconstruye el alma, restaura la gracia, cura las heridas y hace brillar de nuevo el esplendor de la filiación divina.
Por eso la Cuaresma es tan preciosa: es el tiempo elegido por la Iglesia para que cada cristiano recoja los pedazos de su alma y los lleve al altar. No hay días más favorables para aplacar la justa ira de Dios, reparar los daños del pecado y preparar el corazón para la gloria de la Pascua. Jesús mismo nos enseña el camino en el desierto, como leemos en el Evangelio del último domingo.
Él abandona la convivencia humana y entra en el desierto. Por cuarenta días y cuarenta noches ayuna completamente, dominando el hambre del cuerpo para fortalecer el alma. Cuando Satanás lo ataca —con la tentación de gula («convierte estas piedras en pan»), del orgullo («lánzate del pináculo del templo») y de la ambición («postrándote ante mí, todo te daré»)—, Jesús responde siempre con la Palabra de Dios, mostrando que el alimento verdadero es obedecer al Padre.
De estas actitudes del Señor brotan tres normas prácticas para nuestra Cuaresma:
Huyamos de las ocasiones de pecado.
El demonio es astuto: lanza en nuestro camino sugerencias —malas compañías, conversaciones que hieren el pudor, lecturas o imágenes impuras, espectáculos o ambientes que excitan las pasiones, afectos desordenados, modas vanidosas—. Si prestamos atención a eso, perdemos la carrera hacia el Cielo. Quien quiere convertirse de verdad debe de cortar esas ocasiones desde la raíz, aunque duela. No sirve decir «quiero cambiar» y seguir cerca de lo que nos hace caer.
Practiquemos la mortificación y la oración.
Empecemos por lo que manda la Iglesia: ayuno y abstinencia en los días prescritos. Estos pequeños sacrificios son actos de amor a Jesús, que no dudó en derramar toda su Sangre por nosotros. Añadamos la limosna generosa, el perdón a los que nos ofendieron, la humildad ante las críticas. Y, sobre todo, recemos el Vía Crucis con frecuencia. Meditando cada estación de la Pasión, las llagas de Cristo hablarán a nuestro corazón: veremos que el pecado es la única desgracia real, y que solo su amor nos salva.
Alimentémonos abundantemente de la Palabra de Dios y de los Sacramentos.
«No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios». Las predicaciones cuaresmales son alimento esencial: fortalecen a los débiles, ablandan a los endurecidos, iluminan a los confusos. No perdamos ninguna por pereza. Y preparémonos para la Comunión pascual con confesiones sinceras y comuniones frecuentes y fervorosas. La mejor preparación para la Pascua es vivir la Cuaresma comulgando con amor, como enseñaba San Carlos Borromeo.
Queridos padrinos y madrinas, el tiempo es corto. ¡No lo desperdiciemos! Examinemos la conciencia hoy, confesémonos con sinceridad, huyamos del pecado, oremos con perseverancia, comulguemos con frecuencia.
Así, cuando llegue el Domingo de Pascua, Jesús resucitado nos encontrará purificados, alegres y listos para la vida nueva.
Que Nuestra Señora de los Dolores, que acompañó a su Hijo en el desierto de la Cruz, nos alcance la gracia de una Cuaresma verdaderamente santa. Y que vosotros, queridos padrinos, sintáis siempre el amor agradecido y filial de los ahijados que rezan por vosotros todos los días.
Con cariño y confianza en vuestro amparo espiritual y material,
¡Salve María!
Comentários
Avaliado com 0 de 5 estrelas.
Ainda sem avaliações
Compartilhe sua opiniãoSeja o primeiro a escrever um comentário.
bottom of page


.png)
