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Queridos padrinos y madrinas,
Con el corazón lleno de gratitud vengo hoy a compartir esta meditación para la fiesta de San José, inspirada en las bellas reflexiones del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, sobre la invocación que más lo conmovía después de las que se refieren directamente a Nuestro Señor: “Protector de la Iglesia Católica”.
¡Qué título sublime y qué honor incomparable! Ser protector de algo es, de algún modo, reflejar y participar de la dignidad de aquello que se protege. Piensen en el guardia de la reina: se elige al más valiente, al más dedicado, al más capaz; él recibe algo de la realeza que custodia. ¡Cuánto más el guardián del Papa, o mejor aún, el Protector de la Santa Iglesia Católica! La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, la Esposa Inmaculada del Cordero, la Madre de todos los santos, la fuente de toda santidad. Ningún ángel, ningún santo por sí solo, ni siquiera todos los santos juntos, igualan su dignidad. Solo Nuestra Señora, Madre de la Iglesia, la supera en gloria.
San José, elegido por Dios para ser el Protector de la Iglesia, tenía que estar a su altura. Su alma refleja la grandeza, la sencillez, la sabiduría, la inmensidad y la afabilidad de la Iglesia que él custodia. ¿Y cómo se mide esa envergadura espiritual? Por su doble título: Esposo de María Santísima y Padre adoptivo del Niño Jesús. Para ser esposo de María, él debía ser el hombre más puro, más casto, más santo que haya existido entre las criaturas puras. Para ser padre adoptivo del Hijo de Dios, necesitaba un alma capaz de reflejar la perfección divina en la medida en que una criatura puede. Así, San José es el reflejo vivo de la Iglesia: en su castidad intachable, en su profunda humildad, en su obediencia absoluta, en su solicitud paternal, en su valentía silenciosa, en su inquebrantable confianza en la Providencia.
Imaginen, queridos padrinos, la fisonomía moral de este Santo: un hombre que custodia el Misterio de la Encarnación con silencio reverente, que protege a la Sagrada Familia en medio de los peligros, que trabaja con sus manos para sustentar al Hijo de Dios, que obedece sin cuestionar. Él es el modelo perfecto del espíritu católico: amor a la Iglesia, fidelidad al Magisterio, defensa de la fe, pureza de corazón, sencillez, trabajo santificado, confianza filial en Dios. Todo lo que amamos en la Iglesia Católica —su doctrina inmutable, su sagrada liturgia, su caridad universal, su fecunda santidad— todo ello se refleja en el alma de San José.
En esta fiesta, los invito a un breve examen de conciencia: ¿qué gracia pedimos hoy a San José? Pidamos, ante todo, una devoción más profunda a Nuestra Señora, pues él fue su esposo castísimo. Pidamos la gracia de reflejar, en la medida de los designios de Dios para nosotros, el espíritu de la Iglesia: pureza en el cuerpo y en el alma, humildad del corazón, obediencia filial, celo por la doctrina, amor a la Eucaristía, defensa de la verdad. Pidamos pureza, sencillez, valentía para custodiar la fe en tiempos difíciles, confianza en la Providencia incluso en las pruebas.
Si no sabemos qué pedir, digamos simplemente: “Mi buen San José, dame aquello que más necesito, pues no siempre sé lo que me conviene”. Él, que en el Cielo sonríe con bondad paternal, elegirá la gracia más útil para nuestra salvación y para la gloria de la Iglesia.
Queridos padrinos y madrinas, pidamos vivir siempre bajo la protección de este extraordinario Santo. Que él guarde nuestra alma como guardó a la Sagrada Familia; que nos ayude a ser fieles a la Iglesia en todo; que nos obtenga la gracia de morir como él: entre Jesús y María, en paz y confianza.
¡San José, Protector de la Iglesia Católica, ruega por nosotros!
Con filial afecto, profunda gratitud y confianza en sus oraciones,
¡Salve María!
Comentarios (3)
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Muchísimas gracias pir tan hermosa reflexión. Dios Todopoderoso inflame cada día mas sus corazones en el fuego de su Divino Amor.
Gracias, gracias, gracias por tan bella reflexión bendiciones para usted
Gracias,Samuel Andres Zuloaga Oñate, por esta reflexión y oración, por la devoción y confianza que manifiesta al escribir en honor a nuestro Patriarca Celestial de la Iglesia.