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Peregrinos del Cielo: Anhelemos ardientemente la verdadera PatriaAmish Coelho
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Queridos padrinos y madrinas,
Con el corazón lleno de gratitud por vuestra compañía espiritual a lo largo de estos años, vengo a compartir con vosotros esta meditación inspirada en las profundas palabras de San Cipriano de Cartago, tomadas de su tratado «Sobre la mortalidad». Ellas nos invitan a una reflexión serena y urgente sobre el sentido de nuestra vida cristiana: somos peregrinos en este mundo, y nuestra verdadera patria es el Cielo.
Cuántas veces, todos los días, rezamos el Padrenuestro que el mismo Jesús nos enseñó: «Venga a nosotros tu Reino» y «hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo». Pedimos que se cumpla la voluntad de Dios, pero cuando Él nos llama —ya sea por la voz de la conciencia a una renuncia mayor, ya sea por la invitación al desapego de los bienes terrenos, o finalmente por la muerte—, nos resistimos, luchamos, nos aferramos a la tierra como si aquí fuera nuestro lugar definitivo. San Cipriano nos interpela con una pregunta incisiva: ¿qué absurdo es este? Pedimos el Reino de los Cielos, pero el cautiverio terreno aún nos encanta. Suplicamos que se apresure el día del Reino, pero en el fondo del corazón preferimos seguir sirviendo al mundo en vez de reinar con Cristo.
El apóstol San Juan es claro en su primera carta: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque todo lo que hay en el mundo —la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida— no viene del Padre, sino del mundo. El mundo pasa, y con él su concupiscencia; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre» (1Jn 2,15-17). Todo pasa: las alegrías fugaces, los placeres sensoriales, los honores humanos, los bienes materiales. Solo permanece eternamente quien se une a la voluntad divina.
Nosotros, bautizados, ya renunciamos solemnemente al mundo en la pila sagrada. Prometimos rechazar a Satanás, sus pompas y sus obras. Vivimos aquí como huéspedes temporales, como peregrinos que atraviesan una tierra extranjera. Entonces, ¿por qué tanta tristeza y tanto miedo al pensar en la muerte? San Cipriano nos exhorta: «Rechazado el temor a la muerte, pensemos en la inmortalidad que le seguirá». La muerte no es el fin, sino la puerta de entrada a la vida verdadera. ¿Qué peregrino, lejos de la patria, no desea ardientemente regresar a casa?
¡Nuestra patria es el Paraíso! Allí nos espera una multitud gloriosa de seres queridos que ya partieron de esta vida: padres, abuelos, hermanos, hijos, amigos que nos precedieron en la fe. Ellos están seguros en la gloria eterna y, con solicitud materna y fraterna, interceden por nuestra salvación. ¡Imaginad la alegría doble —de ellos y nuestra— cuando por fin nos abracemos en el Reino! Allí no habrá más lágrimas, ni enfermedad, ni separación, ni temor a la muerte: solo vida eterna, felicidad plena e inagotable.
Allí está el coro glorioso de los Apóstoles, que lo dejaron todo para seguir a Cristo; el grupo exultante de los Profetas, que anunciaron su venida; la incontable multitud de los Mártires, coronados por la fidelidad hasta la sangre; las vírgenes victoriosas que dominaron la concupiscencia con la pureza del corazón y del cuerpo; los misericordiosos recompensados por las obras de caridad, que trasladaron los tesoros terrenos a los graneros celestiales. ¡Qué visión magnífica! ¡Qué premio incomparable para quien vivió haciendo la voluntad de Dios!
Que nuestro corazón esté siempre desapegado, listo para cualquier designio de Dios —sea una pequeña cruz diaria, sea el gran paso de esta vida a la eternidad—. Que, cuando el Señor nos llame, respondamos con docilidad y alegría, no con resistencia ni tristeza.
Que Cristo, que nos redimió con su Sangre preciosa, vea en nosotros un deseo ardiente de estar con Él para siempre.
Que la Virgen María, Reina del Cielo y Madre nuestra, nos acompañe en esta peregrinación terrena y nos conduzca seguros hasta el abrazo eterno del Padre, donde nos encontraremos todos en la gloria. Allí, libres de los lazos terrenos, viviremos la felicidad perfecta que ningún ojo vio, ningún oído oyó y ningún corazón humano puede imaginar.
Con filial afecto, profunda gratitud y mucha oración por vosotros,
Comentarios (7)
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Salve María!! Ahijado muchas gracias por el mensaje y la meditación, aprecio todo lo que su amor y cariño nos mandan.
Un cariñoso abrazo
Salve María.
Hermoso llamado del Señor, oro porque el Señor los fortalezca y el Espíritu Santo los colme de sus dones, para continuar en su preparación. Gracias por tan bella reflexión.
Querido Ahijado, doy gracias a Dios por tu vida que has decidido por inspiración divina a consagrar la a Dios, doy gracias también por permitirme aportar un pequeñísimo grano de arena para que cumplas ese bello deseo de servir a Dios. Gracias por esta bella reflexión que nos ayuda a ver las dificultades y enfermedades como una hermosa bendición que Dios envía a nosotros. En mis oraciones y me encomiendo a las tuyas. Bendecido eres!
Muy acertada reflexion y wie bendicion por recordarnos que no pertenecemos a este mundo, para no vivir apegados a las cosas materiales ni a las vanidades del miundo; muchas gracias y que Dios los siga bendiciendo!🙏
Salve María 🙏
Gracias una excelente reflexión 🙏
Gracias por recordarme que el dia que me llame el señor solo voy a llevarme mis obras que haya hecho en esta vida muy buena reflexion
Avemaria muy bello me pusiste a pensar que somos peregrinos en esta vida. Gracias 2